Fue viendo el documental sobre Janis Joplin de Amy J. Berg en Berlin cuando me acordé del taller de historia de la música del rock al que asisití en 2014 “I hear a new world” y de Fran G. Matute.

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Natural de Mérida, este sevillano de adopción está detrás de los cursos de rock del Cicus (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla), iniciativa pionera en España. Hoy me recibe sin prisas en el Cicus, precisamente en la que fuera aula del curso hoy reconvertido en un agradable café.

¿A qué te dedicabas antes de entrar en el Cicus?

Bueno, aunque no te lo creas estudié Derecho y nada más terminar entré en una Big four, donde estuve diez años trabajando hasta que dije “ya no puedo más, me apetece hacer otra cosa”. Con los ahorros de esos diez años cogí la maleta y me fui de vacaciones a EE.UU., concretamente a Nueva Orleans, Memphis y Nashville, cuna de la música rock.

En paralelo, había empezado a colaborar con unos amigos en un blog de crítica literaria, Estado Crítico, que todavía sigue en activo. Eramos unos quince y cada día sacábamos una crítica (lo seguimos haciendo, de hecho). Por entonces no teníamos redes sociales, ni publicidad, ni tampoco le dábamos mucho bombo a la cosa, sin embargo se fue afianzando como un blog independiente de referencia en el mundo de la crítica literaria hasta hoy.

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¿Y cómo das el salto a la música, al Rock?

Estado Crítico no daba dinero —ni da—, pero sí que me abrió puertas. En un momento dado nos invitaron a una conferencia sobre el negocio cultural en la red que organizaba La Térmica, en Málaga, y allí que fui en representación del blog. Al principio no estaba cómodo con la idea de hablar sobre Estado Crítico como negocio, puesto que no generaba beneficio, así que me enfoqué en lo que en la jerga empresarial se conoce como fondo de comercio, ese valor intangible que genera un negocio gracias a su buen hacer, al prestigio que va generando, y que hacía que por ejemplo yo estuviera allí ese día hablando como ponente invitado.

Resulta que tenía razón, que Estado Crítico me había hecho generar mi propio fondo de comercio, pues en esa conferencia coincidí con la directora del suplemento cultural de El Mundo y con el cofundador de Jot Down, y a partir de ese momento empecé a trabajar para estos medios.

Por otro lado, el Cicus se había interesado por el blog, y de forma conjunta empezamos a organizar encuentros sobre crítica literaria al que asistieron invitados de la talla de Rodrigo Fresán o Ignacio Echevarría. En un momento dado, les confesé a la gente del Cicus que a mí lo que de verdad me gustaba era la música, y les lancé una propuesta de curso sobre la historia del rock, y de ahí surgió el taller “I Hear A New World”, al que asististe.

¿Qué se pretendía con “I hear a new world” y cómo ha evolucionado?

Cuando decidí organizarlo lo primero que hice fue ver qué se estaba haciendo a nivel universitario en el resto de España, y me encontré con que no había nada así. Decidí entonces organizar un taller dirigido a todos los públicos y no a músicos necesariamente. Nunca he entendido por qué el rock, como manifestación artística cultural ya asentada, no tiene su espacio en el ámbito universitario y sí lo tiene, por ejemplo, el cine. El éxito del taller fue tal que al año siguiente repetimos, ya como un curso de 40 horas de duración, siendo este año la segunda edición. El público que viene es diverso, intergeneracional y muy exigente (risas), los hay que se enfadan si no pongo a Pink Floyd o The Beatles. Ahora en la edición como curso, lo he denominadoThe Sounds Of Silence” en referencia al clásico tema de Simon & Garfunkel, porque de lo que se trata, no es de escuchar canciones en orden cronológico o repasar una lista de temas míticos, sino de hacer una reflexión cultural e incluso antropológica de cómo han evolucionado los sonidos asociados a la música rock. Se trata de hacer en definitiva, desde una perspectiva tanto teórica como práctica, una reflexión de calado intelectual sobre el rock. Además del curso de rock, la Universidad de Sevilla está desarrollando interesantes propuestas musicales sobre todo en relación al jazz de manera consolidada ya, y recientemente se ha estrenado en la música electrónica.

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¿Qué recomiendas leer a quien no pueda asistir al curso?

Por suerte o por desgracia, la mayoría de la literatura sobre rock no está traducida al castellano. Tal es así, que incluso me planteé crear una editorial para traducirla, pero al final me rajé. El que sí está traducido es “El sonido de la ciudad” de Charlie Gillet. El libro es en realidad su tesis doctoral escrita en 1968, es decir, es contemporáneo al esplendor del rock. Precisamente lo verdaderamente interesante es que el diagnóstico y la crítica se hacen en el momento de apogeo del movimiento, y lo cierto es que Gillet lo clava.

¿En cuanto a formato musical se puede hablar de un resurgimiento del vinilo?

Depende, a nivel global sí. Creo que parte del auge tiene que ver con que muchos temas que han estado protegidos por derechos de autor durante 50 años, empiezan ahora a estar libres, lo que hace que se puedan adquirir, a un precio asequible, vinilos de rock clásico muy interesantes. Me da la sensación, no obstante, de que estos vinilos son en realidad un trasvase de contenidos digitales. Quiero decir, que para nada han acudido para su reedición a los másters originales. Es como volver a pasar lo ya grabado en CD a vinilo, lo cual no deja de ser curioso (por no decir que absurdo).¿Ese resurgimiento se da también en Sevilla?

¿Ese resurgimiento se da también en Sevilla?

No, no me atrevería a decir eso. De hecho casi todas las tiendas de vinilos han desaparecido. Aun quedan Latimore, que tiene una propuesta muy interesante y ha aguantado estoicamente la crisis, y Record Sevilla, que creo que ha sobrevivido gracias a los incondicionales de la música heavy. Supongo que hay más tráfico de vinilo en internet (o incluso en la Fnac) pero no creo que esto se aprecie en la calle, la verdad.

¿Se puede hablar de una escena sevillana musical?

Ciertamente, Sevilla es una ciudad con personalidad musical, pero tampoco caigamos en el ombliguismo: no es que podamos decir que Sevilla sea un centro neurálgico de la música en España (risas). A finales de los 60 y principios de los 70 sí que creo que Sevilla fue un lugar único, con grupos como Smash. Del boom Indie posterior han sonado mucho Maga y Pony Bravo. Y ahora mismo están pegando fuerte Milkyway Express y Chencho Fernández, que son dos formaciones que me gustan. Aquí ha habido y hay buenos músicos, y gente con mucho gusto musical, aunque una cosa no haya ido siempre de la mano de la otra.

¿Dónde se puede escuchar buena música en Sevilla?

En casi ningún sitio. Sigue en pie el mítico FunClub pero la mayoría de locales han desaparecido, como el Elefunk o el Siete Puertas (que durante un tiempo albergaron las mejores pinchadas de soul, funk y boogaloo que se recuerdan en la ciudad), principalmente porque las ordenanzas municipales que se han venido promulgando no han hecho viable eso de tener un local con música, obligando a muchos a reciclarse como bar de tapas o de copas. Aún te puedo recomendar, si te gusta el jazz, el Naima en la Alameda. Y la Sala X creo que está haciendo mucho por revitalizar cierta escena musical.

¿Dónde te encontraré en unos años?

Espero que aquí mismo consolidando la propuesta rock del Cicus.—Ojalá que así sea.

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